EL DESPACHO
Irma Barquet
La casa era enorme, superaba con creces las necesidades de la familia que, para aquella época, no era tan numerosa. Construida en dos plantas, en ellas se distribuían todas las habitaciones destinadas a los fines comunes y particulares. El espacio estaba amueblado de manera adecuada, con todo aquello que podía proporcionar comodidad, además de reflejar las características de la moda contemporánea.
En la
planta baja de la casa familiar había un lugar que, además de amplio, resultaba
muy peculiar: la familia lo llamaba “el Despacho”. Con el correr de los
años, al crecimiento de los niños que habitaban esa casa, ese lugar se hizo
cada vez más especial. Su mobiliario era el que
comúnmente se destina al trabajo o al estudio: un escritorio sobrio, elaborado
con madera fina que su diseño tan formal invitaba a utilizarlo para
realizar las actividades pendientes o inventadas, para cumplir con las
responsabilidades o para darle sentido al tiempo, que dejara de ser ocioso y se
volviera fructífero; tres sillones también de
madera, con descansabrazos y tapizados en piel teñida de color verde, que
su suavidad y calidez hacían que quien los ocupara se abandonara
confortablemente, como si estuviera en el regazo cariñoso más anhelado. Uno de ellos se colocaba frente al escritorio,
destinado al trabajador o al estudioso, y los otros dos, detrás del mismo, esa
disposición permitía el acercamiento humano, de confianza, establecía una
conexión emocional fortalecedora de los vínculos de colaboración, de sentirse a
gusto.
A
espaldas del escritorio se erguía un gran librero —de pared a pared y de piso a
techo—, también de madera. En su parte superior se disponía una cantidad
considerable de libros, acomodados en cuatro entrepaños, como soldados
que portan diferentes uniformes en posición de “firmes”, al resguardo de las
más preciadas historias, de todo tipo o como fuentes inagotables de saberes
prestos a ser compartidos, partícipes del crecimiento personal de quien los leyera; la parte inferior daba cabida a diversos aparatos:
máquinas mecánicas de escribir, un
dispositivo cinematográfico doméstico, películas grabadas en 8 mm y el
correspondiente proyector Súper 8, enseres que daban la pauta para medir
el tiempo por su estilo, por su modelo y por su contenido: acontecimientos
familiares especiales o cotidianos, paseos, días de campo, viajes en coche… que
dejaron plasmados los sentimientos de la prole, dispuestos a dejarse ver para
estimular la memoria sensible.
La
biblioteca que albergaba aquel mueble estaba compuesta por distintas
enciclopedias que solventaban los trabajos escolares y complementaban la
formación académica de los hijos, contribuían al conocimiento, a la
cultura y a la comprensión de conceptos, hechos y fenómenos, ejemplares
bellamente encuadernados, de pastas gruesas, con ilustraciones atractivas,
mapas desplegables, biografías de personajes históricos, simbólicos,
información estadística y un sinfín de datos necesarios en el tránsito escolar; libros de aventuras, de batallas campales, de
héroes ficticios, de cuentos infantiles y fábulas tradicionales pletóricos de
ternura, de enseñanzas, de valores, aptos para la
recreación de los integrantes de la familia; novelas “de varios colores”,
desde las más rosas hasta las cruentas, cuyas intensas tramas descolocan y hacen
vibrar a cualquier lector; textos técnicos, sobre
todo de materias contables y otros temas que giran en torno a los
asuntos de la gestión empresarial, que era el área de competencia profesional de
la cabeza de la familia, entre otros asuntos
de interés general; una infinidad de ediciones de Reader’s Digest, abundantes y variadas en
temáticas, con magníficas fotografías de personajes, de países, de
costumbres, impresas en papel de la mejor
calidad, que, al momento de hojearlos —y ojearlos— despedían el perfume único
de la tinta, verdaderas riquezas —y ricuras— para
el conocimiento, el entretenimiento y la cultura, capaces de hechizar y
tocar todo tipo de cerebros y corazones. En palabras de Vargas Llosa “…un gran
libro es aquél que se introduce en mi vida, perdura en ella y la modifica”.
En
otra parte del despacho se encontraba una vitrina que dejaba ver el paso del
tiempo tanto por su apariencia como por lo que guardaba: figuras artesanales
mexicanas, producidas en barro burdo, que simulaban representaciones
prehispánicas de diversos orígenes. Entre ellas había deidades, animales, estatuillas
humanas, seres fantásticos, como una prueba ancestral y fehaciente de
las culturas precolombinas, un recordatorio del origen del pueblo mexicano,
evidencia clara de la concepción de ser humano que tenían esas etnias en sus
diferentes manifestaciones sagradas u ordinarias.
Negadas a la aceptación de la limpieza, pues exigían quitarles el polvo casi
cada cinco minutos.
Por
otro lado, se ubicaba una caja fuerte marca Mosler, gris, que para estas fechas
ya se consideraría una antigüedad. Su estructura y cubiertas exteriores eran de
acero blindado; por dentro contaba con algunos entrepaños recubiertos de
madera, que cumplían con la finalidad de
proteger su contenido y de ser decorativos, para
que, en apariencia, fuera un poco menos rígida y severa, que pudiera aligerar
su presencia en esa habitación tan especial. El
sistema de cerradura funcionaba mediante una palanca que se accionaba tras
marcar una combinación numérica, secreta,
obtenida al girar una perilla y hasta escuchar o sentir un “clic” se
liberaban los bloques de la cerraja. El jefe de la
familia —quien poseía una enorme capacidad de escucha detallada, de
tacto muy fino, de paciencia como la del Santo Job, de una notable memoria y,
por ende, mucha atención— era la única persona con
acceso a la apertura y cierre de este gran cofre que albergaba, seguramente —de seguridad y de certeza—, sus propios
bártulos, a los que adjudicaba la categoría de tesoros.
El
piso del despacho era de duela que, con el paso de los años, el sonido que producía al caminar sobre ella semejaba
un canto ronco, como el de la dramática voz de un bajo de gran presencia
en una aria operística, acompasada en una breve
danza ritual que daba inicio al trabajo intelectual que se llevaba a cabo en
aquel recinto y que, al mismo tiempo, aseguraba su calidez y confort.
La
puerta que separaba el despacho de las otras áreas de la planta baja también
era de madera barnizada en su propio color, conservaba intacta su belleza. Sus
grandes dimensiones la hacían lucir aún más: contaba con varios rectángulos de
vidrio biselado, enmarcados con el mismo material de la puerta, lo que permitía
la privacidad de quien trabajaba en el despacho y el aislamiento del ruido
exterior. Era como el acceso majestuoso a un espacio que parecía de otra
dimensión, que, a la vez, era cálida y sólida, elegante y luminosa, imponente y
acogedora.
Otra
maravilla de esa puerta era la llave antigua que se utilizaba para abrir y
cerrar, a piedra y lodo, el despacho. Hecha de bronce —a juzgar por el color de
su metal—, su ojo tenía forma de corazón, que sin duda era el mejor adorno de
la pieza. En su extremo presentaba cortes específicos para embonar
perfectamente en la cerradura. Parecía un objeto artesanal, como si reflejara
un simbolismo poético y poderoso de
quien la tomara en su mano que le permitía
acceder a ese mundo diferente que prometía el despacho.
Dentro
de este conjunto de objetos y muebles resultaba imprescindible el robusto
teléfono de pared, ubicado frente a la entrada del despacho. Era negro, de
baquelita, con un disco giratorio horadado del uno al cero, de tamaño
suficiente para introducir un dedo y marcar el número telefónico, haciéndolo
girar y liberándolo después de cada dígito. Así se realizaban las llamadas, y
el sonido de doble campana indicaba que alguien deseaba comunicarse con algún
miembro de la familia. Este tipo de aparato resulta hoy completamente
desconocido para algunas personas de las generaciones X, Y, Z y Alpha, posteriores a 1970.
La ventana frente al escritorio
dejaba entrar la luz natural que iluminaba tanto el despacho como la mente de
quien se disponía a trabajar o a estudiar. Cuando caía el día se alumbraba con un
potente foco que permitía continuar sin hacer ningún esfuerzo visual, además de contribuir
con el ambiente placentero para las actividades… Así, las horas transcurrían suave
y amablemente, como el disfrute de la compañía de otras personas, de buenas
lecturas y del productivo desarrollo intelectual.
Sin
duda, el despacho fue la parte de la casa que podía ser privada o colectiva. En
él era posible trabajar de manera productiva y creativa en las
actividades laborales inconclusas durante la jornada normal; estudiar por gusto o por obligación para cumplir
con la formación académica y para lograr un crecimiento en la dimensión
intelectual de la vida de cada integrante de la familia;
escribir un sinfín de hojas con ideas, pensamientos, tareas, emotivas
misivas, en las que la tinta se derramara en ríos o se inundara el ambiente con
el sonido de las teclas de la Olympia o
de la Olivetti; conversar en persona o por teléfono
con el acercamiento gozoso de los seres humanos cuando se estimula la
grata comunicación, fructífera y sensible, con apertura para el abordaje de
cualquier tema; investigar para cumplir con tareas
académicas o para saciar la curiosidad innata que da respuestas a las
preguntas formuladas en la mente y, a la vez, dan cabida a nuevos
cuestionamientos; leer para profundizar en
cualquier temática o para regodearse en las aventuras que encierran los libros,
viajar a otros lares, incrementar la cultura y el conocimiento, desarrollar
las habilidades comunicativas y de pensamiento; ver
las películas familiares para desternillarse o llorar, al adentrarse en
los recuerdos que hacen vibrar y comprender el tránsito de sus integrantes en
las etapas de vida por las que han pasado; trasladarse en el tiempo con la cosmovisión prehispánica resguardada
en la vitrina cuyas figuras atávicas dan la bienvenida a la imaginación,
a la curiosidad de la vida de las etnias que representan; abrir y cerrar el baúl de la fortuna familiar pletórico de papeles
con gran significado y objetos tangibles que refieren valores estimativos; escuchar el rechinido de la madera gastada como parte
del ambiente característico de dicha habitación;
apartarse del ruido doméstico para encontrar momentos
de calma… En fin, la versatilidad de ese recinto, sin duda, invitaba tanto a la
actividad como al ocio.
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ResponderBorrarHola estimada Irmita, que bella descripción de este " Despacho ", sí bien recuerdo era la oficina de tu Papi en Curazao ?
ResponderBorrarSaludos
RECORDAR ES VOLVER A VIVIR, ES ADMIRABLE COMO LA MENTE GUARDA IMÁGENES "VIVAS" QUE SUELEN TENER HASTA UN OLOR PARTICULAR Y QUE NOS HACEN VOLVER EN EL TIEMPO. GRATOS RECUERDOS, SALUDOS.
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