UN LUGAR QUE YA NO ESTÁ EN LOS MAPAS

Irma Barquet

Hace algunos días, en una conversación con mi hermano Memo, en la que tuvo a bien contarme un pasaje de su vida, de cuando era niño —yo todavía no existía, ni en sueños— y, llamó tanto mi atención, que le propuse escribir juntos una memoria de ese episodio, a lo que accedió gratamente —quizá irremediablemente—.

 No era una historia extraordinaria en apariencia: ningún suceso heroico, ningún giro dramático digno de los libros de historia familiar. Y, sin embargo, mientras lo escuchaba, algo en su manera de detenerse en los detalles —la hora imprecisa de la tarde, el olor persistente del polvo caliente, el silencio que siguió a una frase dicha sin pensar— me hizo comprender que ahí, en ese recuerdo mínimo, se escondía una verdad más grande que los hechos mismos.

Memo hablaba con la serenidad de quien ha contado la anécdota otras veces, pero también con la cautela de quien no la ha mirado del todo. Yo, en cambio, la recibía como si fuera nueva, como si ese niño que él había sido caminara por primera vez delante de mí, ajeno a que décadas después alguien intentaría poner palabras a su asombro, a su miedo leve, a esa intuición temprana de que el mundo podía ser tan frágil como una promesa mal dicha.

Así empezó todo: no con la intención de fijar el pasado, sino con el deseo de acercarnos a él sin perturbarlo demasiado, como si entráramos, a oscuras, en una habitación conocida, confiando en que la memoria sabrá guiarnos sin hacernos tropezar.

En alguna parte de la década de los 50 del siglo pasado, papá adquirió un rancho cuyo nombre era Las Palomas, ubicado en Ecatepec de Morelos, o en San Cristóbal Ecatepec, Estado de México, por la antigua carretera a Pachuca, Hidalgo, lugar que dedujimos por algunas señas que se encuentran un poco pálidas en su recuerdo: un muro de piedra que parecía no terminar nunca, un puente de fierro por el que se cruzaba conteniendo el aliento, un monumento, cuya figura exacta, así como su presencia, perduran.

Para Memo, aquel sitio no tenía coordenadas precisas ni mapas confiables; existía más bien como una sucesión de imágenes sueltas, sostenidas por la memoria infantil. El camino era largo y polvoriento, y el rancho aparecía de pronto, sin anuncio, como si se dejara encontrar sólo por quienes ya sabían que estaba ahí. Las Palomas no era grande ni ostentoso, pero tenía el peso suficiente para quedarse en él, para volverse un punto de referencia en una vida que apenas comenzaba a tomar forma.

Con los años, el lugar fue perdiendo exactitud y ganando una cualidad casi imaginaria, no porque nunca hubiera existido, sino porque nadie volvió a señalarlo con el dedo. Quedó suspendido en ese territorio ambiguo donde habitan las cosas reales que ya no pueden comprobarse, pero que siguen ahí, intactas, cada vez que alguien se atreve a recordarlas.

Mis preguntas ayudaron a escudriñar hasta sus remotas remembranzas y, poco a poco, las imágenes comenzaron a acomodarse. Ahora sabemos que aquel muro de piedra era un fragmento de lo que alguna vez fue el Antiguo Albarradón de San Cristóbal Ecatepec; el puente de fierro —conservado hasta la fecha— cruza el Gran Canal del Desagüe, cuyos principales soportes no sólo sostienen la estructura, sino también la historia que lo envuelve. La tercera pista referida resultó ser el monumento a José María Morelos y Pavón. Íconos de la zona, todos ellos, alineados por la vía ya mencionada como si hubieran estado esperando, pacientemente, a ser reconocidos.

El ejercicio de nombrarlos no fue menor… Los recuerdos dejaron de flotar y comenzaron a asentarse en un territorio concreto. Memo parecía sorprendido de que aquello que había guardado como una suma de sensaciones —el frío del metal bajo los pies, la sombra espesa del muro, la solemnidad inexplicable del monumento— pudiera corresponder a lugares que aún existen, que siguen ahí, ajenos al paso íntimo del tiempo.

Así, el rancho Las Palomas empezó a abandonar su condición de mito familiar para adquirir la textura de lo real. No porque pudiéramos señalar con exactitud el punto donde estuvo, sino porque el entorno que lo rodeaba volvió a respirar. Y en ese reconocimiento, algo más se hizo evidente: que la memoria, aun fragmentada, guarda una lógica secreta que sólo se revela cuando alguien decide escucharla con atención.

El Antiguo Albarradón tiene una historia que impacta profundamente. Fue construido en 1604 por más de veinte mil indígenas, bajo la dirección de Fray Gerónimo de Zárate, con la finalidad de contener las constantes inundaciones de la Ciudad de México. A la fecha, la albarrada sigue existiendo, discreta y resistente; en la zona se han encontrado vestigios prehispánicos que confirman que ese territorio ya era significativo mucho antes de que alguien intentara dominar el agua.

Para Memo, sin saberlo, aquel muro fue siempre el verdadero umbral del camino. No lo recordaba por su nombre ni por su origen, sino por la sensación que le producía pasar junto a él: una mezcla de asombro y respeto, como si algo antiguo observara en silencio a quienes transitaban por ahí. Ese tramo marcaba, en su memoria, la certeza de que el rancho estaba cerca.

Ahora entendemos por qué esa imagen fue la más persistente. El albarradón no sólo guiaba el trayecto físico hacia Las Palomas, sino que se convirtió en un ancla de su recuerdo, en la prueba de que aquel recorrido infantil había estado atravesado por una historia mucho más vasta que él mismo. Así, el camino al rancho no era únicamente una ruta familiar, sino una superposición de tiempos: el del niño que avanzaba curioso, y el de miles de manos anónimas que, siglos atrás, habían levantado piedra sobre piedra para proteger una ciudad entera.

El puente Ing. Ernesto Uriegas, conocido por todos como el puente de fierro, ubicado en el Antiguo Barrio de San Juan Acalhuacán, perteneciente a la Villa de San Cristóbal Ecatepec de Morelos, fue construido entre 1940 y 1941. Hoy se le considera un símbolo del lugar, una estructura que ha sobrevivido al crecimiento desordenado y al olvido selectivo de la ciudad.

Para Memo, esa estructura no tenía nombre ni fecha; era simplemente el puente. Recordaba el sonido hueco que producían las llantas del coche al pasar sobre el metal, la breve suspensión del trayecto, como si durante unos segundos el camino se elevara y exigiera atención. Cruzarlo era parte del ritual para llegar al rancho, un momento en el que el paisaje cambiaba sutilmente y el viaje adquiría otra textura.

Con el paso de nuestras conversaciones, ese recuerdo también se fue desentrañando. Al saber que el puente existía ya en los años de su infancia, comprendió que no se trataba de una invención de la memoria, sino de un punto firme al que su niñez se había aferrado. Así, la retentiva de Memo fue encontrando sostén en el hierro y en la historia, y el camino hacia Las Palomas volvió a reconstruirse, tramo a tramo, con la precisión que sólo otorga el reconocimiento de lo real.

Actualmente existe el recinto donde Morelos pasó sus últimos momentos, conocido como la Casa de Morelos, y en cuyo entorno se erigió un monumento en su honor en 1864, aunque fue develado hasta 1912. Es otra de las imágenes características de San Cristóbal, un sitio cargado de una solemnidad silenciosa: ahí fue fusilado, acusado de herejía y rebelión, ese religioso, político y militar mexicano cuya figura se debate entre la historia oficial y el imaginario popular.

Para Memo, aquel monumento estaba asociado a fechas y a juicios históricos. Lo recordaba como una presencia firme al borde del camino, casi inmóvil en el tiempo, observando el paso de los coches y de las personas que iban y venían sin detenerse demasiado. De niño sabía quién era Morelos, intuía que ese lugar exigía respeto, como si el aire mismo se volviera más fresco al acercarse.

Con los años, esa imagen quedó grabada junto al muro antiguo y al puente de fierro, formando una tríada involuntaria que marcaba el trayecto hacia el rancho. Hoy, al reconocerla y nombrarla, entendemos que aquel recorrido infantil estaba atravesado por capas de historia y sacrificio que Memo no podía comprender entonces, pero que su memoria supo conservar. Así, el camino a Las Palomas se revela no sólo como una ruta familiar, sino como un tránsito constante entre lo íntimo y lo colectivo, entre la vida cotidiana y los ecos persistentes de un pasado que se resiste a desaparecer.

La búsqueda del lugar en un mapa antiguo de Ecatepec también nos dio luz en relación con la certeza de aquellas evocaciones, tan importantes en la vida infantil de mi hermano. Aunque no localizamos el predio con ese nombre, pudimos constatar que el área conserva, hasta ahora, algunos indicios reveladores: la Avenida Las Palomas, un restaurante que lleva la misma denominación y que, sin duda, heredaron el nombre del rancho que fue propiedad de nuestro padre.

No fue una decepción no encontrar el punto exacto. Al contrario, esa ausencia confirmó algo esencial: Las Palomas no había desaparecido del todo, sólo había cambiado de forma. El rancho se diluyó en la trama urbana, se fragmentó en nombres, en referencias, en usos cotidianos que ya no recuerdan su origen, y, sin embargo, lo mantienen vivo.

Para Memo, esa constatación tuvo el efecto de una reconciliación. Sus recuerdos no eran imprecisos ni exagerados, simplemente pertenecen a aquel tiempo. El mapa antiguo, con sus líneas torpes y sus nombres a veces olvidados, funcionó como una prueba silenciosa de que la infancia deja marcas que no siempre se pueden señalar con el dedo, pero que siguen orientando el camino.

Así, la memoria del rancho se sostuvo no en la certeza de un terreno delimitado, sino en la persistencia de un nombre que aún circula, discreto, por las calles de Ecatepec, como un eco familiar que se resiste a apagarse.

En el rancho Las Palomas había animales de corral, algunas vacas y becerros, y una pequeña porción de tierra donde se sembraban hortalizas para el autoconsumo. Por esas razones, siempre había alimentos y semillas guardados en la bodeguita, un espacio que para los niños tenía algo de territorio prohibido y, por lo mismo, irresistible.

Cuenta mi hermano que se compraban volúmenes grandes de muéganos, ya no aptos para el consumo humano, pero perfectamente útiles como alimento para las vacas. Llegaban en costales, sin el brillo ni la pulcritud de los que se vendían en las dulcerías, y eran descargados con la naturalidad de quien cumple una tarea más del día.

Memo y Lilí, mi hermana, no resistieron la tentación… Al fin y al cabo, seguían siendo muéganos: esas golosinas tan mexicanas, asociadas al premio, a la fiesta, al antojo. Tomaron un pedazo a escondidas, con la expectativa y la complicidad propia de la infancia. Pero la sorpresa fue inmediata y contundente: el sabor era saladísimo, casi ofensivo al paladar.

No hubo castigo ni regaño, sólo la risa nerviosa y la lección aprendida. Años después, ese episodio mínimo persiste con una claridad especial en la memoria de Memo, quizá porque en él se condensa la experiencia misma de crecer: descubrir que no todo lo que parece apetecible lo es, y que incluso en los lugares más queridos —un rancho, una bodega, una golosina— la realidad puede desmentir dulce o saladamente, nuestros antojos.

También había unos grandes bloques de sal que los animales del rancho lamían con parsimonia; formaban parte de su alimentación y garantizaban una mejor calidad en la producción de leche y carne. Eran piezas sólidas, ásperas, colocadas ahí con un propósito claro y nada infantil.

Pero, como suele ocurrir, el propósito no bastaba para disuadir la curiosidad. Los chiquillos nunca aguantaron las ganas de probarlos. Al fin y al cabo, la sal era algo conocido, cotidiano, y esos bloques enormes tenían algo de desafío: estaban ahí, al alcance de la mano, esperando ser tocados, desmentidos o confirmados.

Ya me imagino la escena —y Memo la revive con una sonrisa—: un gesto rápido, casi solemne, la lengua rozando la superficie blanquecina, y luego la mueca inmediata, esa mezcla de sorpresa y arrepentimiento que no necesita palabras. El sabor era tan intenso que anulaba cualquier expectativa previa, tan rotundo que no dejaba espacio para la duda.

No aprendieron la lección del todo, o quizá sí, pero a su manera. Aquellos bloques de sal, como los muéganos salados, quedaron inscritos en su recuerdo no por su utilidad, sino por la experiencia compartida. Hoy forman parte del inventario íntimo de la infancia: pequeñas transgresiones sin consecuencias graves, que enseñaron, sin proponérselo, que el mundo rural también tenía sus reglas, y que algunas cosas, por más tentadoras que parezcan, no están hechas para el gusto humano.

Brígida era el nombre con el que bautizaron a una vaca cuyo origen estaba en la casa de nuestra abuela materna. Ella la había recibido como obsequio de alguien —nadie recuerda bien de quién— y, con el tiempo, el animal terminó en el rancho. Desde su llegada quedó claro que no se trataba de una vaca cualquiera.

Era un animal peculiar, de carácter difícil, impredecible, con una fama de mal genio que se comentaba en voz alta, pero también con una nobleza inesperada. Tenía una querencia especial por nuestro padre. Se acercaba a él con una confianza casi afectuosa y se empeñaba en darle lengüetazos en la cabeza, con la firme convicción —según se decía en broma— de que así le ayudaría a que le saliera pelo. Papá aceptaba el ritual entre risas, como si se tratara de un pacto silencioso entre ambos.

Pero Brígida también tenía sus arrebatos. Por alguna razón que el tiempo ha vuelto borrosa, un día se alocó y decidió corretear a Memo. No fue un juego ni una exageración infantil: la furia del animal era real. Mi hermano corrió con todas sus fuerzas, alcanzó el granero y apenas tuvo tiempo de meterse y cerrar la puerta. Del otro lado quedaron los golpes sordos y el resoplido insistente de la vaca, suficientes para entender que su vida había estado, aunque fuera por instantes, pendiendo de un hilito.

Memo siempre cuenta ese episodio con una mezcla de risa nerviosa y seriedad tardía. Yo, en cambio, no puedo evitar pensar que algo tuvo que haber hecho para provocar semejante reacción, alguna travesura mínima, quizá involuntaria, que desató el temperamento de Brígida. Nunca lo sabremos con certeza. Lo único claro es que, desde entonces, la vaca dejó de ser sólo un animal del rancho para convertirse en un personaje inolvidable de la infancia, uno de esos seres que enseñan, sin palabras, el respeto que impone la naturaleza cuando se le subestima.

Cada fin de semana, la familia se dirigía al rancho para supervisar el trabajo realizado durante los días hábiles, pero también para descansar, para desconectarse de las actividades citadinas que marcaban el ritmo de la semana. El trayecto mismo parecía anunciar el cambio: el ruido se quedaba atrás y el tiempo comenzaba a correr de otra manera.

Mamá solía preparar grandes manjares —así se las gastaba— que llevaba para el convite del personal a cargo del rancho, de los vecinos y de los amigos que solían visitarlos. Llegaba con ollas bien tapadas, con canastas y cazuelas que prometían abundancia antes, incluso, de ser abiertas. Entre esas viandas sobresalían el arroz a la jardinera, el pollo en mole, y en ocasiones los mixiotes o los tacos; en fin, verdaderas delicias.

odo tenía el toque mágico que ella siempre imprimía en la cocina, ese algo difícil de explicar que convertía una comida en celebración. Los aromas se esparcían pronto por el lugar y funcionaban como una convocatoria silenciosa. Así, los festines eran casi inevitables, y se gozaban sin prisa, como parte esencial de la vida en el rancho.

Para Memo y para todos, esos fines de semana quedaron asociados no sólo al trabajo del campo o a los animales, sino a la sensación de pertenencia que se construye alrededor de una mesa compartida. En Las Palomas, la comida no era un simple acompañamiento: era el centro de la reunión, la prueba de que aquel lugar, más allá de su geografía cambiante, había sido también un hogar.

Una de esas amistades —que al parecer también lo era de algún vecino del rancho— era el matador Lorenzo Garza. Pasaba a saludar con cierta frecuencia y se quedaba largas horas conversando con papá, enfrascado en apasionadas pláticas sobre el arte de la tauromaquia. No eran conversaciones sobrias: Lorenzo las aderezaba con demostraciones mímicas, con sonidos precisos, gestos exagerados, miradas de desafío y el consabido olé, infaltable en las plazas de toros y en sus triunfantes faenas.

Memo recuerda aquellas escenas con especial nitidez. Para él, Lorenzo Garza no era sólo un visitante ilustre, sino un personaje fascinante que convertía el patio del rancho en una plaza imaginaria. Bastaba un movimiento de la mano o un giro del cuerpo para que el relato cobrara vida, y por momentos parecía que el polvo del suelo se transformaba en albero.

El matador le tenía gran consideración a Memo. Lo llamaba con naturalidad y lo invitaba a “descular las hormigas” —así decía— que formaban parte de interminables desfiles sobre la tierra, cargando migajas y hojas a cuestas. Era una invitación más verbal que real, pues nunca llegaban a hacerlo, pero que quedaba flotando como una complicidad traviesa, propia de quien sabe hablarles a los niños sin romper del todo la frontera del juego.

Ese recuerdo, como tantos otros del rancho, se sostiene menos en lo que ocurrió literalmente y más en la atmósfera que lo envolvía: la mezcla de admiración, humor y asombro que hacía de Las Palomas un lugar donde lo cotidiano podía, de pronto, adquirir un tono extraordinario sin dejar de ser verdadero.

Le hizo regalos preciosísimos a papá: auténticos trastos taurinos cargados de historia. Un capote con rescoldos de sangre de toro, una muleta gastada por el uso, un estoque, una chaquetilla que había acompañado a El Ave de las Tempestades en sus corridas más valientes. No eran objetos decorativos ni recuerdos cualquiera; eran pertrechos que habían estado en la arena, testigos mudos del riesgo, del miedo contenido y del triunfo.

En el rancho, esos objetos adquirieron otra vida. Colgados con cuidado o guardados en silencio, parecían irradiar una presencia especial, como si conservaran la energía de quien los había empuñado. Para los niños, eran piezas casi sagradas, intocables, rodeadas de un respeto que no necesitaba explicación.

Con el paso del tiempo, sin embargo, esos tesoros se fueron perdiendo. El descuido, las mudanzas, la falta de conciencia de su valor terminaron por dispersarlos, quizá para siempre. Tristemente, hoy sólo sobreviven en la memoria y en el relato, despojados de su materialidad, pero no de su significado. Tal vez ahí radica su destino final, ya no como objetos que se pueden tocar, sino como símbolos de una amistad, de una época y de un rancho donde incluso los recuerdos ajenos —los del ruedo, los de la fama— encontraron un lugar para quedarse, aunque fuera por un tiempo.

A Lorenzo Garza se le conoció como El Ave de las Tempestades, apodo ganado por su carácter fuerte y su temperamento indomable. En las plazas de toros provocaba broncas, reaccionaba con fiereza ante los gritos del público, su figura dividía opiniones. Su enorme talento iba siempre acompañado de una carga emocional intensa, capaz de llevarlo tanto al triunfo rotundo como a situaciones francamente conflictivas. Generaba amor y odio entre los aficionados taurinos, sin términos medios.

Por eso resulta casi imposible conciliar esa imagen pública con los gestos que tuvo con Memo. Aquel hombre temido y admirado, capaz de enfrentar al toro y a la multitud, se transformaba, en el rancho, en una presencia cercana. Le acariciaba el pelo con cuidado, como si midiera la fuerza de su propia mano, y le recomendaba portarse bien, cuidarse mucho, palabras simples que adquirían un peso inesperado viniendo de alguien como él.

Ese contraste es, quizá, lo que más ha perdurado en la memoria de mi hermano. En Las Palomas, Lorenzo Garza parecía despojarse de la tempestad que lo definía en el ruedo y mostraba una faceta íntima, casi vulnerable. Tal vez el rancho, con su ritmo pausado y su vida sencilla, le ofrecía un refugio momentáneo. O tal vez, simplemente, Memo supo ver en él algo que el público nunca alcanzó a percibir.

El Rancho Las Palomas, ahora, ha quedado como un bello recuerdo familiar. No existe ya como un lugar al que se pueda volver con los pies, pero sí como un territorio intacto al que se regresa con la memoria. Vive en las voces que evocan el muro antiguo, el puente de fierro y el monumento silencioso; en el sabor inesperadamente salado de los muéganos y de los bloques de sal; en la carrera desesperada de un niño huyendo de una vaca furiosa; en los festines generosos de mamá y en las carcajadas que los acompañaban.

Permanece también en la figura contradictoria de Lorenzo Garza, tempestad en la plaza y ternura en el rancho, y en los objetos que se perdieron, pero no del todo, porque siguen habitando el relato. Las Palomas se desdibujó en el mapa, se fragmentó en calles y nombres, pero nunca se extinguió.

Hoy sabemos que aquel rancho fue más que una propiedad. Fue un punto de encuentro, un aprendizaje temprano de la vida, un refugio donde la infancia de Memo —y la nuestra, heredada— encontró sentido. Así, mientras alguien lo recuerde y lo cuente, Las Palomas seguirá existiendo, suspendido en ese lugar preciso donde la historia personal se vuelve memoria compartida, aunque sea un lugar que ya no está en los mapas.

Imagen Antiguo Albarradón de Ecatepec en la Carretera México-Pachuca en 1950, al fondo el cerro de Chiconautla: https://www.facebook.com/laciudaddemexicoeneltiempo/posts/la-carretera-m%C3%A9xico-pachuca-en-1950-hoy-es-la-zona-de-los-h%C3%A9roes-muy-cerca-de-la/878540694298500/


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