LA FIESTA DE LOS MUERTOS
Irma Barquet
Todo empezó con la gran
idea de organizar una fiesta, pues se acercaban las fechas de los Días de
Muertos. Eso era lo principal; de ninguna manera se trataba de aludir a las
tradiciones de otros países. La cultura mexicana da mucha tela de dónde cortar.
El grupo de organizadores pronto hizo sus propuestas para que, en conjunto, se
hicieran cargo de los preparativos y garantizaran que la pachanga fuera todo un
éxito.
Determinaron la fecha y
el lugar. Les pareció genial que los invitados se disfrazaran de algo que
evocara aquella noche, para darle un toque de terror a su divertida reunión.
Además, acordaron que fuera de “traje”, muy convenientemente para repartir los
gastos.
Llegó la fría noche de
terror… La casa dispuesta para recibir a los convidados parecía sacada de
ultratumba; allí era imposible distinguir a los vivos de los muertos. En la
puerta de entrada, una especie de niebla cubría los escalones. Las sombras
alargadas de las plantas marchitas, colocadas en el quicio de la puerta, se
movían al ritmo de las llamas de las veladoras, como si gozaran de vida propia.
Los secos ramilletes de flores de cempasúchil, con su aroma penetrante y casi
fúnebre, enmarcaban la entrada y daban paso a un conjunto de telarañas que se
pegaban en los rostros de quienes cruzaban aquel umbral.
El desfile de espantajos
comenzó. Entraban monstruos, fantasmas, zombis, vampiros, brujas y momias, con
rostros sangrantes, ropajes rasgados, hachas y cuchillos incrustados en alguna
parte del cuerpo… Todos aterrorizaban. La fiesta prometía una diversión sin
par.
La música macabra no se
hizo esperar. Se escuchaban aplausos ahogados en el polvo que se acumula del
abandono, llevando el ritmo frenético de los violines y otros instrumentos
desafinados que contagiaba una alegría desquiciada que helaba la sangre.
Se abrió el baile. Algunos
buscaron pareja entre sus semejantes; otros prefirieron mover el esqueleto en
solitario. Eran almas bullangueras de terror, remolinos de cascabeles rotos y carcajadas
oxidadas, de viento y cenizas. Todo un carnaval siniestro y estridente, en el
que los participantes saltaban y giraban como chispas de una hoguera infernal.
Se escuchaban voces como
estallidos estruendosos que hacían temblar los cristales de las ventanas, como
si la muerte misma estuviera de fiesta.
Los disfraces eran tan
reales que difícilmente se podían reconocer entre ellos. Prevalecían los
rostros pálidos, los ojos enrojecidos, los labios sangrantes y las manos huesudas.
Algunos brindaban con vampiros: cócteles hechos con tequila, otros con una combinación
hemática preparada con frutos rojos. El choque de copas se escuchaba como parte
de los compases de la música, aunque había quienes preferían sus elíxires por
la vía intravenosa, servidos en grandes bolsas.
El reloj seguía su curso.
Nadie se percató de lo cerca que se encontraba el alba, a punto de resplandecer
como una herida abierta en el horizonte, bajo la luz fría y pálida del sol que apenas
se asomaba. Crujían las coronas de flores y, a lo lejos, se escuchaba el
graznido de las aves carroñeras, que parecían dar la bienvenida al nuevo día.
De pronto, el bullicio de
los vivos se apagó de golpe. Sus risas sonaron huecas, como si hubieran quedado
atrapadas en una tétrica fosa.
¿Dónde estaban sus
amigos? ¿Adónde habían ido algunos de los convidados?
Muchos corrieron hacia
sus guaridas; otros simplemente se esfumaron.
El horror se hizo
presente cuando intentaron huir. Aquellos supuestos invitados se despojaron de
máscaras, dejando a la vista sus cadavéricas mandíbulas y sus pómulos
descarnados. Ya no había disfraces que ocultaran la verdad. Frente a ellos
estaban los muertos.
No querían hacerles daño…
Solo querían agradecerles por haberles permitido, aunque fuera por un rato,
gozar de su calor y recordar lo que se sentía estar rodeados de latidos.
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