EL ÚLTIMO PIANISSIMO
A Javier Espinosa de los Monteros, hasta el cielo de la armonía musical
Irma Barquet
Su nombre era Javier. Era un virtuoso del piano. Lo ejecutaba de tal manera que parecía que dejaba la vida en cada pieza musical. Era sensible, intenso... Con sus manos fortalecía y matizaba la música que interpretaba, jugaba con el sonido, los acordes y los arpegios; hacía que las notas transmitieran sus más profundos sentimientos, hasta volcar el corazón de su público, que respondía con una entrega emocional total.
Era joven, delgado, para su presentaciones portaba traje de dos piezas, con la camisa abierta del cuello, para verse bien arreglado y, al mismo tiempo, sentirse cómodo. De cualquier manera, su mejor vestimenta era el piano y el espléndido sonido que lograba arrancarle cuando posaba sus manos sobre las teclas. Ahí expresaba todo prodigio del que era capaz.
Leía partituras, pero cuando trabajaba en público prescindía de ellas. El oído privilegiado que poseía y el conocimiento de las notas musicales, le permitían interpretar cualquier pieza al piano con tan solo escucharla. Además, tenía la virtud de adornarlas, imprimiéndoles su toque personal, siempre sensible.
Fue un destacado alumno y egresó del Conservatorio Nacional de Música como profesional del piano.
Todos los días llegaba a tocar en diferentes bares y restaurantes de la Ciudad de México, donde se le podía escuchar: El Caballo de Hierro, El León Rojo, Le Gourmet, El Chato; también en los lobby bars de hoteles como el Fiesta Palace, Sheraton María Isabel, El Camino Real...
Interpretaba piezas románticas, clásicas, de esas que eran el acompañamiento perfecto de una velada de amor, de una deliciosa plática o de aquellas bebidas que estimulan los sentidos... Y sabía complacer a su variopinto público que ya conocía y disfrutaba de su talento.
Era la perfecta mancuerna de grandes voces como Gloria Lasso, Denisse de Kalafe, Carlos Cuevas, Arianna, Jacqueline France, con quienes realizó giras por todo México, Estados Unidos y algunos países de América Latina. En repetidas ocasiones, su presencia engalanó el programa Hoy Mismo, conducido por Guillermo Ochoa. Grabó dos discos de producción independiente: Encuentro con Javier Espinosa de los Monteros y Románticas para soñar.
Entre su repertorio, por mencionar algunas melodías se encuentran: Noche Azul, Puente sobre Aguas Turbulentas, A través de los Años, El Amor es una Cosa Esplendorosa, Querida, No Llores por mi Argentina, Melodía Inmortal, Como yo te Amé, Sueño Imposible, Una Canción en mi Corazón, Nuestros Años Felices, La Bikina, Hasta Entonces (Till), A mi Manera, entre muchas más.
Quienes tuvimos la fortuna de conocerlo también disfrutamos de su música cuando nos invitaba a verlo y escucharlo en el lugar donde le tocaba trabajar. Era un verdadero deleite. Encima del piano solían colocar una copa con un coñac que, además de calentarle la garganta, lo ponía a tono. Había otra en la que algunas personas, complacidas, dejaban un billete como muestra de gratitud por su talento musical.
Tenía un gran sentido del humor. Siempre alegre, contaba chistes en las fiestas que organizábamos. Bailaba y hacía bromas. Reía a carcajadas. La simpatía era una de sus grandes cualidades. Pertenecía a nuestro grupo de amigos y, además de admirar su virtud musical, lo arropábamos con un gran cariño.
Javier, al tocar magistralmente el piano, provocaba tormentas silenciosas en su mundo interior. Deslizar sus manos sobre las teclas de marfil y ébano, significaba caminar al filo de un abismo emocional, como si cada interpretación fuera un milagro de sonidos que estimulaban sus propias fibras más sensibles.
Era un lenguaje especial que solo el corazón entendía, sin necesidad de palabras... Las melodías que interpretaba eran formas, paisajes de sonido que desparecían en el viento. Era jugar con presentes, pasados y futuros de muchas sensaciones, entrelazándolas. Era capaz de desatar gritos, llanto, susurros...
Así, también, era él.
Un alma encerrada en sus propios huesos, en los que la inspiración servía de escape momentáneo, sin mitigar el verdadero dolor que transformaba en música. Vivía en constantes choques entre su brillante sensibilidad y las sombras del vacío que provocaba vibraciones que, al final, parecían fracturar la luz de su genio.
Sus carcajadas y sus chistes disfrazaban un agotamiento emocional que cargaba como un peso silencioso, que lo consumía poco a poco, sin dejarle encontrar una salida hacia la esperanza.
La casa materna le dio refugio, como una joya que se guarda con recelo en un magnífico cofre. Allí se refugió también su música. Nos privó de su talento. Solamente tocaba el piano para su madre. Poco a poco se perdió en el tiempo. Nadie supo más de él.
Ahora, el piano guarda silencio, pero en sus cuerdas todavía permanece la vibración de sus últimas notas, suspendida en el eco eterno de una interpretación extraordinaria.
Su partida no fue un estruendo. Fue un absoluto pianissimo, en el que las notas fluyen desamparadas, en busca de sus mágicas manos que alguna vez les dieron sentido.
Gracias, Javier, por el tiempo en que nos regalaste tu alegría, tu música, tu sensibilidad...
Te extrañamos siempre...
Imagen: https://www.ebay.com/itm/306027834865

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