NO TE OLVIDES DE MÍ EN TUS ESCRITOS
A mi querido tío, Dr.
Jorge Pueblita, donde te encuentres…
Irma Barquet
Hoy, recibí la noticia de tu
partida. Me ha dolido enormemente. Sin saberlo, pude decirte “adiós” con un par
de besos cariñosos sobre tu frente, ya cansada por el tiempo. Guardo tu imagen como
una fotografía que queda grabada sin desvanecerse…
La vida me regaló tiempo para
verte, hablar contigo, escucharte y, después, escribirte y leerte. Nos permitió
compartir palabras, recuerdos y afectos que aprecio como pequeños tesoros en mi
corazón.
Fuiste una fuente inagotable de
conocimientos, experiencias y amor, que compartías en elocuentes charlas, en
emotivas recomendaciones. ¿Tus preferidos? Los griegos, los romanos, los
españoles… Solías devorar toda clase de libros, como el lector voraz que eras,
siempre dispuesto a emprender un nuevo viaje entre sus páginas. También escribiste
una serie de cuentos en los que relataste tu propia vida y la de tantos
personajes importantes o cotidianos que se cruzaron en tu camino. Les diste un
lugar en tus escritos y, con ello, los rescataste del olvido. El que habla
acerca de unas flores blancas y el de Frida Kahlo, son mis favoritos.
Tus conversaciones estaban llenas
de anécdotas interesantes y divertidas, de recuerdos de tantos años, de los
lugares que conociste y por los que caminaste incansablemente. Tenías siempre
algo que contar, que compartir, una vivencia que, al pasar por tus palabras,
cobraba un nuevo sentido.
Disfrutabas de la buena comida,
del excelente café. Viene a mi memoria aquel cafecito turco que preparábamos
para ti en casa. Decías que la Nené, mi mamá, era la única de tus hermanas que
había heredado la sazón de tu madre, y gozabas con sus guisos. Conocías el
valor nutrimental de los frutos y proclamabas el respeto que merecían antes de
comerlos. Hasta en esos pequeños detalles se asomaba tu manera de entender la
vida: con conocimiento, sensibilidad y gratitud por lo que la naturaleza nos
ofrece.
Solo quedabas tú, el último de tu
estirpe, y lo pregonabas con orgullo. En ti habitaban muchas historias, voces y
recuerdos de quienes te precedieron; eras, de alguna manera, el guardián de un
legado familiar que ahora también nos corresponde preservar.
Me impulsaste y me guiaste hacia el
mundo de la literatura, de los libros, del conocimiento que se encuentra
plasmado en las páginas impresas. Las emotivas narraciones, fueron envolviendo
mi imaginación hasta hacer de la lectura una parte imprescindible de mi
quehacer habitual. Y todo comenzó gracias a ti. Me abriste una puerta por la
que sigo transitando, y hoy sé que algo de lo que me dejaste vive en cada libro
que leo y en cada palabra que escribo.
Tus consejos siempre eran
atinados. Los acompañabas con disertaciones sustentadas, los aderezabas con
frases graciosas y los apuntalabas con ejemplos que fortalecían tus argumentos.
Pero, por encima de todo, los ofrecías con el corazón a flor de piel. Sabías
compartir lo que conocías sin esperar nunca el reconocimiento.
Sentiste un amor profundo por los
animales. Parecías mantener con ellos una conexión especial, un vínculo que no
necesitaba palabras en el mundo de las crines que se revuelven con el viento,
de las colas que se agitan, de los ronroneos que vibran y de ojos con miradas
de agradecimiento. Esa cercanía te impulsaba a cuidarlos y protegerlos sin
esperar nada a cambio. Bastaba una caricia para sellar aquel pacto silencioso
que te comprometía a devolverles la salud.
El impecable ejercicio de tu
profesión durante tantísimos años fue el testimonio fiel de tu doble entrega:
una para el animal que sufría y otra para el ser humano que aguardaba,
angustiado, la recuperación de su mascota. Fuiste un traductor de emociones,
capaz de aliviar el miedo de aquellas criaturas que no podían expresar su dolor
y, al mismo tiempo, de ofrecer consuelo a sus dueños. A veces, bastaba tu
presencia; otras, una explicación oportuna para sostener la esperanza en esos
momentos difíciles. No solo atendías a los animales: también cuidabas a quienes
los amaban.
Hoy resuena en mi corazón lo
último que me dijiste: “No te olvides de mí en tus escritos”. Lo recuerdo y me
conmueve pensar que aquello que pronunciaste en medio del cansancio que los
años habían dejado en ti, fueran también una manera de despedirte. Quizá me
estabas confiando, sin saberlo, la misión de conservar algo de ti en las
palabras.
Permanecerás…
Estarás en los libros que me
enseñaste a amar, en todo lo que compartiste conmigo, en las conversaciones que
hoy evoco y en cada página que escriba. Porque al partir, dejas un silencio
difícil de llenar, pero también una luz que continúa acompañándome.
Te recordaré y te extrañaré
mientras respire…
Descansa en paz.
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Qué lindo relato y que lindas palabras para tu tío. Los que tuvimos el honor de conocerlo lo recordaremos con mucho cariño. Fue un gran hombre y fue muy querido
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