UN PASEO CON TERE
Irma Barquet
Era el Centro Histórico, lo
recuerdo muy bien por los edificios de estilo colonial, construidos con cantera
verde. Sí, parece que era en Zacatecas, porque ella vivió en esa ciudad los
últimos años. Yo nunca la visité, pero manteníamos contacto telefónico y
solíamos prolongar nuestras pláticas, a pesar de aquel dicho que reza que «el
teléfono es para acortar distancias, no para alargar conversaciones». Eso nunca
nos importó. Siempre teníamos cosas importantes —para nosotras— que contarnos,
aunque a veces fueran historias repetidas. Nunca podíamos decir: «Eso ya me lo
dijiste» o «Eso ya me lo sé», porque habría sido como rechazar el placer de
volver a vivir el cuento.
Caminábamos por aquellas calles,
algunas estrechas; otras, de subida y de bajada, empedradas, adoquinadas, como
es el estilo de aquella ciudad tan hermosa. El sol caía a plomo, pues era
relativamente temprano, y nos cambiábamos de banqueta, atravesábamos la calle
para asegurarnos de caminar bajo la sombra, aunque la sensación de frescura se
acentuara al pasar junto a las paredes de cantera. Estábamos felices con
nuestra mutua compañía. Hacía muchos años que no nos veíamos.
Tomarnos un cafecito era el
magnífico pretexto para descansar los pies, pues a veces caminábamos con un
poco de dificultad por aquellas calles empedradas. Acompañábamos la plática con
un delicioso café y el obligado postre: un pan, una dona o cualquier cosa que
pudiera contrastar el sabor de aquel elíxir. Hablábamos y hablábamos. ¿Los
temas? Cualquiera. No importaba. Lo verdaderamente importante era estar juntas.
—Mira, Irmita, te voy a convidar
de estos dulces —me dijo Tere al tiempo que sacaba de su enorme bolsa de mano
una gran caja.
El empaque parecía uno de esos que
guardan los chocolates belgas más finos, pero su contenido era mucho más
nuestro: una enorme variedad de pequeñas porciones de dulces mexicanos
tradicionales. Había alegrías, palanquetas, pepitorias, mazapanes, jamoncillos,
frutas cristalizadas, ates, glorias... Todo perfectamente presentado, cada tipo
de dulce en su lugar, cubierto con papel de china blanco y sujeto con una
etiqueta de letras doradas, como si se tratara de auténticas golosinas gourmet.
Era imposible resistirse a la
tentación de aquellos exquisitos manjares, dispuestos en trocitos tan pequeños
que invitaban a comer uno tras otro. Eran diminutas muestras de sabores tan
conocidos que despertaban, cada vez más, el capricho de los sentidos: sus
formas, sus texturas, sus aromas, sus colores y... los recuerdos.
—Me tengo que ir, Irmita —me dijo
repentinamente mi amiga Tere, con sus ojitos sonrientes.
—¿Por qué tan pronto? —le
pregunté.
Pero, irremediablemente,
comenzaba a alejarse.
No podía verla bien. Su imagen se
volvía borrosa de pronto. Todo parecía cubierto por una ligera neblina. Estaba
entre nubes cuando ella se esfumó.
Y entonces lo comprendí.
Había sido tan solo un sueño.
Pero qué hermoso sueño: volver a
caminar con Tere por aquellas calles, sentarnos juntas a tomar un cafecito,
hablar de todo y de nada, y compartir, como antes, aquellos pequeños dulces que
sabían a México, a amistad y a recuerdos.
A veces, quizá, la memoria sabe
encontrar la manera de regalarnos un último paseo.
A Tere Raigosa (✟)
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