LA AVENTURA DE ENSEÑAR
Irma Barquet
Sin lugar a dudas, la
elección vocacional ha sido una de las mejores cosas que me han sucedido en
esta vida —que ya ha dejado pasar varias hojas del calendario— y, al hacer el
recuento, el saldo se inclina mucho más hacia las satisfacciones, aunque, en honor
a la verdad, también haya tenido sus inevitables sinsabores.
Recuerdo las primeras ocasiones en que estuve frente a grupo, dentro de un esquema formal de trabajo profesional. Aunque todavía era estudiante, aquellas experiencias marcaron profundamente mi vida, incluso en el terreno personal.
Había diseñado un curso de
capacitación para colaboradores de una empresa automotriz en la que prestaba
mis servicios. Como parte de una estrategia de capacitación interna —que,
además, permitía abatir costos— elaboré un programa de Formación de Instructores.
La aventura de aquella etapa fue sensacional, pues significaba la aplicación
inmediata de los conocimientos que, en ese entonces, adquiría en la
universidad.
Siguiendo todos los cánones
del diseño y la planeación, vertí en aquel programa —teórico y práctico— todo
lo necesario para formar a varios grupos de colaboradores que, en un futuro muy
próximo, fungirían como instructores de otros compañeros de trabajo.
La fecha de mi debut se
acercaba… sin tregua.
Faltaba aproximadamente una
semana para la gran sesión inicial y mi capacidad para dormir comenzaba a verse
seriamente comprometida. O sea: ¡no podía pegar el ojo! De los purititos
nervios…
“No hay fecha que no
llegue, ni plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague”, como dice el
refrán.
Tenía todo listo en el aula
que se me había asignado: material didáctico, mi manual y el de los
participantes, rotafolio, proyector de acetatos —parte de la sofisticadísima
tecnología educativa vigente en aquellos tiempos— y, de pronto, ahí estaba yo
frente a un grupo de veinte personas. Casi todos eran varones y la mayoría
tenía más edad que yo. ¡Yo estaba bien chavita!
Y mi nerviosismo… a todo lo
que daba.
De acuerdo con mi
planeación, el inicio consistía en mi presentación personal ante el grupo. Las
palmas de mis manos parecían la superficie de donde brotaba toda la humedad de
la tormenta interna que me aquejaba; mi voz temblorosa también delataba, sin misericordia
alguna, mi estado emocional… difícil de disimular.
¡Inhala… exhala…!
“No pasa nada…”, como dicen
actualmente.
Posteriormente, apliqué una
técnica estructurada para “romper el hielo”, realizada como Dios manda y en la
que participaron todos los integrantes del grupo. Dio un excelente resultado.
Verdaderamente se rompió el hielo y, como por arte de magia, mis cinco minutos
de pánico escénico desaparecieron para nunca más volver.
Viene a mi memoria la
actitud tan empática que tuvo conmigo Ismael Huitrón (✟) en mis pininos
como instructora. También la oportunidad que
me dio aquella experiencia de toparme con el amor (SS). Hasta la fecha, en
ocasiones comentamos algunas anécdotas relacionadas
con esos tiempos… y nos morimos de risa.
Así transcurrió el programa
hasta el final, con excelentes resultados.
Me encanta ser facilitadora de capacitación. Tengo muchísimas experiencias en mi haber profesional dentro de ese ámbito.
Con el paso de los años, el
insomnio volvió a apoderarse de mí, aunque por razones distintas: la noche
previa a una sesión de un curso para Supervisores que diseñé e impartí en una
empresa de Nogales, Sonora. Tenía que prepararme física y mentalmente para
aplicar una técnica importante: “El líder se calienta”, que, dicho sea de paso,
salió perfecta.
El inicio de mi práctica
profesional en las aulas universitarias ocurrió en mi alma mater —IUCE, hoy
Universidad Salesiana—, institución que me dio la oportunidad de atender grupos
de la misma licenciatura de la que egresé. Después aparecieron otras universidades
particulares en mi camino, y las aprecio enormemente porque gracias a ellas
confirmé algo que sigo creyendo firmemente: enseñar es la mejor manera de
aprender.
Todavía siento esos
nerviecitos antes de las primeras clases, y eso me encanta, porque me hace
sentir viva y me recuerda, una y otra vez, cuánto disfruto mi trabajo.
Como parte de mi bagaje
docente en la educación superior, permanecen presentes las personas que
integraron tantos grupos que tuve ocasión de acompañar: Federico, Javier,
Laurita, Isabel, Yésica, Poncho, Maru, Brenda, Luis Martín, Raúl, Juampis,
Geordan, Daniela, Fa, Ale, Ana, Rosalba, Emilia, Jacqui, Sergio, Miguel… solo
por mencionar a algunas, sin intención de pecar por omisión. Todas esas
personas han sido importantes en mi vida.
En la red de colegas puedo
aludir a Rosy, Luis, Ana, Pepe, Chelis, Paco, Alicia, David, Celiamaría, Alma
Rosa y también a quienes fueron mis estudiantes y que, con el tiempo, pasaron a
formar parte de este entrañable tejido humano. Todo ello sin ánimo de dejar
fuera a tantas personas con quienes compartí la aventura de enseñar.
Pero para mí, ¿cuál es el
verdadero significado de enseñar?
Es contribuir a la
formación, transformación y crecimiento de seres humanos a través del ejemplo y
de la práctica de valores fundamentales como la libertad, la dignidad y el
respeto. Es ir más allá del ámbito académico, lo cual implica una
responsabilidad enorme, porque se trata de personas inteligentes, sensibles,
llenas de ideas y actitudes que salen a relucir dentro del aula y, más tarde,
en sus trayectorias de vida.
Por eso, considero
importante pugnar para que sean ciudadanos íntegros, críticos, con principios
sólidos, fortalecidos, valientes y capaces de construir mejores futuros.
Que su dogma sea
reconocerse como seres únicos, racionales, conscientes de sí mismos y de los
demás; libres en cuerpo y espíritu; autogestivos, autorreflexivos, dueños y
responsables de sus actos; capaces de encontrar sentido a sus propias vidas y
de luchar por su plenitud y por el de la sociedad.
Todo esto se dice fácil,
pero el camino suele ser cuesta arriba.
Y, aun así, hoy puedo mirar
a algunos de mis estudiantes y sentirme profundamente orgullosa, satisfecha y
feliz de saber que están bien, sanos, recorriendo sus propios senderos y
preocupados por dejar una huella valiosa en otras personas en esta aventura de enseñar.
Imagen: https://www.magnific.com/
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