EL CUMPLEAÑOS DE JUAN ÁNGEL

 

Irma Barquet

Parecía olvidado en el más recóndito rincón de mi librero, en medio de mi breve biblioteca, un pequeño libro que había adquirido y leído hace algunos años y, con el afán de darme la oportunidad de los nuevos hallazgos que permiten una relectura, me lo encontré y lo repasé.

El uruguayo Mario Benedetti, muy conocido, por supuesto, en su tierra natal pero también en América Latina, nos regaló, una novela muy peculiar, por ahí de los años 70: El cumpleaños de Juan Ángel. El ejemplar que poseo corresponde a la decimoquinta edición, por Siglo veintiuno editores, de 1981, década en la que, para algunos jóvenes lectores de ese tiempo, Benedetti era imprescindible. Es un libro muy pequeño por su tamaño y su extensión, pero enorme en su contenido, por lo que lo hacen ser una joyita literaria.

Esta novela, escrita en verso libre, asegura encontrar la escritura singular de su autor, llena de ingenio, de humor, de crítica social, describe la transformación de Osvaldo Puente —que al inicio tiene ocho años edad— de un burgués a un guerrillero militante, a través de varias celebraciones de su cumpleaños, hasta que cambia su nombre por el de Juan Ángel —al final tiene treinta y cinco—.

La obra está escrita sin signos de puntuación y en primera persona del singular, en un tono poético, reflexivo y en un contexto de cambio político y social en América Latina.

Benedetti detalla a un joven hasta su transformación involucrándose en la lucha revolucionaria, con las implicaciones de su inicial identidad. Entrelaza recuerdos, emociones, amor en tiempos de conflicto, miedo, pérdida de la vida cotidiana en nombre de la lucha y compromiso político.

En esta ocasión y, a manera de juego, quise hacerle una pequeña entrevista a la inteligencia artificial (IA), para que tomara el rol de Osvaldo Puente, pero “no como si fuera una persona real que habla por sí misma (…) pero como si fuera su voz interior, recreando su tono, su conflicto y su manera de pensar dentro del mundo de El cumpleaños de Juan Ángel”, respondió la IA. Este es el resultado de esta simulación:

Irma: ¿Por qué tu cumpleaños número 8 se torna importante y es el punto de partida del relato?

Osvaldo: Porque ahí empezó todo… aunque en ese momento yo no lo sabía. Mire, uno cree que la vida arranca cuando toma decisiones grandes, cuando se rebela, cuando ama o cuando pierde. Pero no. A veces empieza en una escena mínima, casi invisible, como ese cumpleaños número ocho… en el que algo se desacomodó por dentro. No fue la fiesta, ni los regalos —que seguramente ya ni recuerdo bien—, fue una sensación. Como si de pronto

entendiera, sin palabras, que el mundo no era tan simple ni tan justo como parecía desde la altura de un niño. Fue una grieta pequeña, pero suficiente. Ahí apareció, por primera vez, una especie de conciencia… una incomodidad que con los años fue creciendo. Porque uno no se convierte en otro de la noche a la mañana. Uno empieza a cambiar en silencio, desde muy temprano, acumulando preguntas que nadie responde. Ese cumpleaños importa porque es el origen de esa fisura. Porque ahí empezó a nacer el que después ya no pudo seguir siendo sólo Osvaldo Puente. Y le digo algo… uno nunca termina de salir de ese día. Aunque cambie de nombre, de vida… aunque crea que ha tomado el control. Siempre hay un niño de ocho años mirando, tratando de entender en qué momento todo se volvió tan serio.

Irma: Hablas de que "algo se desacomodó por dentro" ¿podrías explicar a qué te refieres?

Osvaldo: Es difícil ponerle nombre… porque en ese momento no lo tenía. Pero si tengo que explicarlo ahora —con todo lo que vino después— diría que fue la primera vez que dejé de sentirme completamente a salvo dentro del mundo. Como si algo que estaba en su lugar —la confianza, la certeza, la idea de que los adultos sabían lo que hacían— se hubiera corrido apenas… lo suficiente para que entrara la duda. No fue un hecho concreto, no hubo una escena dramática. Fue más bien una percepción. Una mirada, un gesto, una ausencia… algo que me hizo intuir que había cosas que no se decían, que no se entendían, que no encajaban con esa versión ordenada de la vida que yo tenía. Y cuando algo se desacomoda adentro, aunque sea un milímetro, ya no vuelve a su sitio original. Empieza a moverse todo lo demás. Después vinieron las preguntas. Y más tarde, la necesidad de respuestas. Y mucho después… las decisiones. Pero el origen fue ese: la pérdida de una inocencia que ni siquiera sabía que tenía. Porque hasta entonces yo no miraba el mundo… lo habitaba. A partir de ahí, empecé a observarlo. Y cuando uno empieza a observar, ya no puede dejar de hacerlo.

Irma: ¿Cómo influyeron los adultos de tu familia para que percibieras ese desacomodo?

Osvaldo: Influyeron… más por lo que callaban que por lo que decían. En mi casa todo parecía en orden. Las rutinas, las palabras correctas, las formas. Pero había silencios… y los silencios pesan, aunque uno tenga ocho años y no sepa nombrarlos. Yo veía a los adultos moverse como si supieran exactamente qué hacer, pero había algo en sus gestos —una pausa de más, una mirada que evitaba otra— que no coincidía con esa seguridad. No es que me enseñaran a desconfiar. Es que, sin proponérselo, me mostraron que había una distancia entre lo que se vive y lo que se dice. Y esa distancia… eso fue el desacomodo. A veces uno aprende más de una conversación que no ocurre que de mil palabras bien dichas. Yo empecé a intuir que había verdades a medias, emociones contenidas, decisiones que no se explicaban. Y entonces entendí —sin entender del todo— que el mundo adulto no era un lugar transparente.

Irma: ¿Esos silencios de los adultos de tu familia son la razón por la que te refieres a ellos con nombres de animales?

Osvaldo: No fue sólo por los silencios… pero los silencios abrieron la puerta. Nombrarlos como animales fue mi manera —quizá inconsciente al principio— de traducir lo que no entendía. Los adultos hablaban poco de lo esencial, o lo envolvían en palabras que no alcanzaban. Entonces yo necesitaba otra forma de verlos, de captarlos. Un animal no disimula. Un animal es gesto, impulso, instinto. Y en ellos —en esos adultos tan correctos— yo empezaba a percibir algo que se parecía más a eso que a las palabras que usaban. Había dureza, miedo, cálculo, ternura a veces… pero todo filtrado, contenido. Al convertirlos en animales, les quitaba la máscara. O tal vez me la quitaba yo. Era una forma de simplificar un mundo que ya empezaba a parecerme demasiado complejo, demasiado lleno de dobles fondos. No era un juicio… o no del todo. Era más bien una estrategia para entender. Porque cuando uno no puede descifrar el lenguaje de los adultos, recurre a otro. Y el mío, en ese momento, fue ese: mirar más allá de sus nombres propios y ver qué eran en esencia. Tal vez por eso después… me resultó más fácil también cambiar el mío. Porque si los nombres no alcanzan para decir lo que somos, entonces pueden cambiarse. O abandonarse. O reinventarse. No los culpo. Supongo que hacían lo que podían, como todos. Pero para mí, ese fue el primer indicio de que la realidad tenía capas. Y que, si uno quería comprenderla, tenía que mirar más allá de lo evidente… incluso cuando doliera. Quizá ahí empezó también mi necesidad de ir más lejos, de no quedarme con la superficie. Porque cuando descubres que el orden es, en parte, una apariencia… ya no se puede volver a creer en él del mismo modo.

Irma: ¿Cuándo y por qué razones sentiste el compromiso político, en tu país, en América Latina? ¿Cómo te diste cuenta que se trataba de eso: un compromiso político?

Osvaldo: No fue un momento único… fue una suma. Como una lluvia fina que al principio apenas moja y de pronto uno descubre que ya está empapado. Al principio eran cosas pequeñas: noticias que no terminaban de explicarse, injusticias que se repetían como si fueran normales, gente que desaparecía de las conversaciones igual que desaparece de las calles. Yo ya venía con esa grieta de antes, ¿recuerda? Esa desconfianza inicial. Entonces todo eso empezó a encajar… o más bien, a doler con sentido. Después vino el contacto con otros. Porque uno solo sospecha, pero en grupo empieza a comprender. Escuchar a otros decir en voz alta lo que uno apenas se atrevía a pensar… eso sacude. Ahí empecé a ver que no era una incomodidad personal, ni un malestar difuso. Era algo más grande, más estructural. ¿Y cuándo supe que era compromiso político? Cuando dejó de ser una idea y se volvió una decisión. Mientras uno observa, lee, comenta… todavía está a salvo, de alguna manera. Pero hay un punto en que ya no alcanza con entender. Hay que tomar partido. Y tomar partido implica riesgo, implica pérdida, implica renunciar a cierta comodidad. Ahí fue. Cuando entendí que lo que pasaba en mi país no era un accidente, ni una suma de errores aislados, sino parte de algo más amplio que atravesaba también a América Latina. Una historia compartida de desigualdad, de abusos, de silencios impuestos. Y sobre todo… cuando comprendí que quedarse al margen también es una forma de elegir. No le voy a mentir: no fue heroico. Fue más bien inevitable. Como si todo lo anterior —la infancia, los silencios, las preguntas— me hubiera ido empujando hacia ese lugar. Uno no despierta un día diciendo “voy a comprometerme políticamente”. Uno despierta… y ya no puede mirar hacia otro lado.

Irma: ¿Consideras que tu lucha valió la pena? ¿Contribuiste a generar cambios sustanciales? ¿Lo volverías a hacer?

Osvaldo: Valer la pena… uno quisiera medirlo en resultados: cambios visibles, victorias claras, un antes y un después que justifique todo. Pero la vida —y la lucha— casi nunca concede esa claridad. Hay avances que no se ven, derrotas que se disfrazan de pausa, y sacrificios que nadie registra. ¿Si contribuí? Tal vez. En lo inmediato, poco. En lo profundo… quién sabe. Las transformaciones reales no llevan nombre propio. Son como corrientes subterráneas: uno empuja, otro continúa, otro recoge. Y a veces pasan años —o generaciones— antes de que algo emerja. Lo que sí le puedo decir es esto: la lucha me transformó a mí. Me obligó a dejar de ser espectador, a asumir las consecuencias de lo que pensaba. Y eso… eso ya no tiene vuelta atrás. ¿Si valió la pena? Depende de cómo mire uno la vida. Si la mide en términos de seguridad, de estabilidad, de lo que se conserva… entonces no. Se pierde demasiado. Pero si la mide en términos de coherencia… de no traicionarse… entonces sí. Aunque duela. Aunque el resultado sea incierto. ¿Y si lo volvería a hacer? …(silencio) Sí. No porque crea que esta vez sería distinto. Sino porque, llegado a ese punto, no hacerlo habría sido una forma de desaparecer. Y uno puede cambiar de nombre, de vida, de destino… pero hay algo que no puede permitirse perder del todo: la conciencia de sí mismo. Así que sí… lo haría otra vez. Aunque supiera el final.

Irma: Esa lucha en la que participaste, con todas sus implicaciones ¿podría tomarse como ejemplo para emprender alguna de la actualidad en América Latina? ¿tiene similitudes con las que suceden en la actualidad en América Latina?

Osvaldo: No la tomaría como ejemplo… al menos no como receta. Cada época tiene sus propias heridas, sus propias formas de decir el dolor y de enfrentarlo. Pretender que nuestra lucha pueda copiarse sería no haber entendido del todo por qué surgió. Nosotros respondíamos a un contexto muy específico, con sus urgencias, sus miedos y también sus errores. Pero… ¿similitudes? Sí, claro que las hay. América Latina sigue cargando con muchas de las mismas tensiones: desigualdad, exclusión, abusos de poder, promesas incumplidas. Cambian los nombres, cambian los rostros, cambian incluso los lenguajes —hoy hay otras formas de organizarse, de denunciar, de resistir—, pero el fondo… el fondo a veces se parece mucho. Lo que sí podría servir —no como modelo, sino como advertencia— es entender que la indignación, por sí sola, no basta. Nosotros también creímos que bastaba con ver claro para actuar bien… y no siempre fue así. Hubo decisiones precipitadas, simplificaciones, una fe excesiva en ciertas salidas. La historia no se repite igual, pero rima. Entonces, más que imitar, tal vez lo importante sea aprender a hacerse mejores preguntas: ¿desde dónde se lucha?, ¿para quién?, ¿con qué límites?, ¿qué se está dispuesto a perder?, ¿y qué no? Porque toda lucha —la de antes y la de ahora— tiene un costo. Y no sólo personal. También humano. Si algo podría rescatarse es la necesidad de no permanecer indiferente. Pero también la de no perder la lucidez en el camino. Porque cuando la causa se vuelve absoluta… a veces termina pareciéndose demasiado a aquello que quería cambiar.

Irma: ¿En algún momento sentiste que, en nombre de la justicia, estabas cometiendo una injusticia?

Osvaldo: Sí… y lo peor no fue hacerlo, sino darme cuenta después. En el momento, todo parece justificarse. Uno se convence de que el fin ordena las acciones, de que hay urgencias que no admiten escrúpulos. Pero la conciencia no desaparece, sólo se queda en silencio un rato. Y cuando vuelve… no pregunta por la causa. Pregunta por los rostros.

Irma: De todo lo que dejaste atrás —personas, afectos, vida—, ¿hay algo que no justificas ni siquiera con la causa?

Osvaldo: Sí. Hay ausencias que ninguna idea puede llenar. Personas que no eligieron mi decisión y aun así pagaron sus consecuencias. Uno dice “era necesario” … pero hay pérdidas que no se vuelven necesarias nunca. Sólo… irreversibles.

Irma: ¿A quién le fallaste?

Osvaldo: Durante mucho tiempo pensé que les fallé a ellos… a esos adultos que me enseñaron el silencio y contra los que después me rebelé. Creí que mi ruptura también era una forma de señalarles algo. Pero no. A ellos no les fallé… ellos ya estaban donde habían decidido estar. Creo que le fallé a quienes no eligieron nada. A los que quedaron al margen de mis decisiones… y aun así las cargaron. Y, sobre todo… me fallé a mí. Porque en algún punto dejé de hacerme ciertas preguntas. O peor… empecé a responderlas demasiado rápido.

Irma: ¿Hay algo de Osvaldo Puente que Juan Ángel necesitó traicionar para poder existir?

Osvaldo: Sí. La posibilidad de una vida sencilla. La confianza sin fisuras. Incluso… cierta forma de querer sin cálculo. Juan Ángel necesitó volverse más duro. Más selectivo. Más consciente… pero también más distante. Y en ese tránsito algo se quebró. No del todo, pero lo suficiente. Después, en medio de la lucha, empecé a pensarlo distinto. Mis convicciones ya no eran una idea lejana: estaban ahí, poniéndome a prueba, marcando mis límites. Y entonces creí —o quise creer— que Juan Ángel era una versión más lúcida de mí mismo… más consciente, quizá más auténtica. Pero no sé si mejor. El dolor —el de adentro y el otro— me obligó a crecer, eso es cierto. Me dio una mirada más amplia, más dura también, sobre el destino de los otros… de los míos. Aunque a veces me pregunto si para llegar a eso no tuve que callar demasiado a Osvaldo. Si no lo fui dejando atrás… más de lo necesario. Al principio lo sentí como una traición… sí. Como si estuviera dejando atrás algo que no iba a poder recuperar del todo.

Irma: Si hoy miras esa lucha con distancia, ¿qué errores te cuesta más admitir?

Osvaldo: La soberbia. Creer que entendíamos más de lo que realmente entendíamos. Reducir la complejidad del mundo a esquemas que nos tranquilizaban. Y, sobre todo… subestimar el costo humano. No en abstracto, sino en lo concreto, en lo cercano.

Irma: ¿A quién le fallaste?

Osvaldo: …(silencio). A varios. Pero si tengo que decir un nombre sin decirlo… a ese que fui antes de empezar a justificarlo todo.

Irma: ¿Qué podrías agregar para cerrar esta entrevista?

Osvaldo: Tal vez sólo esto… Uno pasa la vida creyendo que se va convirtiendo en alguien distinto —que deja atrás lo que fue, que inaugura versiones nuevas de sí mismo—. Yo mismo lo intenté: cambié de nombre, de rumbo, de certezas. Pero al final… no hay ruptura completa. Hay hilos que no se cortan nunca. Ese niño de ocho años sigue ahí. El que percibió por primera vez que algo no encajaba. El que empezó a mirar con desconfianza, pero también con una especie de necesidad de entender. Todo lo demás —las decisiones, la lucha, las pérdidas— vino después, como consecuencia. Si algo aprendí… es que la vida no se ordena en respuestas definitivas. Se sostiene, más bien, en preguntas que uno decide no abandonar. Y quizá eso es lo único que valdría la pena decir al cerrar: no dejen de preguntarse. Aunque incomode. Aunque duela. Aunque no haya respuestas claras. Porque en algún punto —sin que uno lo note— esas preguntas terminan definiendo quién es. Y también, quién está dispuesto a ser.

 

Este ejercicio me parece que fue una buena forma de profundizar un poco —aunque sea en términos de simulación—, en la postura del personaje principal de la novela, como si se tratara de entrar en su estructura emocional, con una serie de preguntas que llevaron la “entrevista” desde su infancia hasta el compromiso político adquirido, abriendo espacios de silencio y de matiz, sin buscar respuestas correctas en la “voz del personaje”, lo que permitió que lo lúdico se convirtiera en interpretativo, como si fuera una forma de reconstruir la consciencia de Osvaldo Puente.


Imagen: Portada del libro de mi biblioteca personal.



Comentarios

  1. Me parece súper interesante la entrevista y la forma en que aprovechaste la IA para hacer algo tan genial como investigar y adentrarte dentro de un personaje ficticio, tan ficticio que podría ser cualquiera de los que entran a una guerrilla en busca de algo que al final no estaban seguros de qué era y porqué empezó. Felicidades! Usaste la IA de una manera muy inteligente

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