BLANCOS LINDAVISTA
Irma Barquet
Antonio egresó de la carrera de Contador
Público de la Escuela Libre de Comercio, como lo atestiguan sus certificados y
su título profesional, fechados entre los últimos años de la segunda década del
siglo pasado y los primeros de la tercera. Aquella formación —tejida con
constancia— lo acompañaría siempre, incluso cuando la vida lo fue llevando por
caminos donde los números se mezclaban con los sueños.
Corría el final de la década de los cincuenta
cuando la fortuna, que parecía tenerle un cariño especial, volvió a tocar a su
puerta. Fiel a su costumbre de comprar el mismo número en la Lotería Nacional,
obtuvo un premio considerable. Él, con esa mezcla de intuición y ternura que lo
caracterizaba, no dudó en atribuir esa buena suerte al nacimiento reciente de
su hija menor: “llegó con torta bajo el brazo”, decía orgulloso, como si la
vida misma hubiera querido celebrar su llegada.
Con ese golpe de suerte decidió hacer algo más
profundo que gastar: sembrar bienestar. Compró una casa en la zona norte del
entonces Distrito Federal, en la Colonia Lindavista. Era amplia, luminosa, de
dos plantas y espacios generosos, como si hubiese sido pensada para contener
risas, encuentros y una familia en crecimiento. Para Antonio, no era solo una
casa: era la materialización de un anhelo.
Lindavista, en aquellos años sesenta, prometía
una vida plena. Sus calles, sus comercios, la cercanía de todo lo necesario, y
ese aire de comunidad que se respiraba en cada esquina, la convertían en un
lugar entrañable. La avenida Montevideo, con su camellón ancho y sus palmeras
altas, parecía acompañar el paso de quienes la recorrían con una serenidad
difícil de encontrar hoy en día.
No pasó mucho tiempo antes de que Antonio,
impulsado por el deseo de independencia y con la determinación de quien quiere
construir algo propio, encontrara el local ideal para iniciar un negocio. Había
en él una claridad casi contable para entender su vida: en el “haber”, su
formación, su experiencia, su empuje; en el “debe”, los retos, las inversiones,
los riesgos inevitables. Y decidió avanzar.
Así nació Blancos Lindavista.
El local fue adaptado con esmero, equipado con
maquinaria moderna —lavadoras automáticas de gran tamaño, equipos de planchado—
que en ese momento representaban lo último en tecnología. No era solo un
negocio: era un proyecto de vida compartido.
Guillermina, su esposa, también formada en la
contaduría, trabajaba a su lado. Juntos construyeron algo más que una empresa:
una complicidad cotidiana, hecha de esfuerzo, acuerdos silenciosos y metas
compartidas. Atendían personalmente a sus clientes, cuidando los detalles como
si cada prenda llevara consigo una historia.
La clientela creció pronto. Los vecinos,
convertidos en amigos, confiaban en ellos. Entre quienes cruzaban la puerta del
negocio había también actores y cantantes que vivían en la colonia, atraídos
por la cercanía de los Estudios Cinematográficos del Tepeyac. Nombres como
María Félix o Pedro Infante habitaban ese mismo entorno, dando al lugar un aire
casi de película, como si la vida cotidiana se mezclara entre escenas y personajes.
Antonio tenía un don especial para tratar a las
personas. Su servicio era impecable: recogían la ropa a domicilio, la devolvían
cuidadosamente planchada, doblada sobre “almas” de cartón, sujeta con precisión
para conservar su forma, envuelta con pulcritud. Cada entrega era, en sí misma,
una carta de presentación.
Los testimonios que aún sobreviven lo confirman:
Pepe Sánchez recordaba el asombro de ver aquellas enormes lavadoras automáticas
por primera vez, y cómo los clientes podían elegir el acabado exacto de sus
camisas. Pedro Romero evocaba, con una sonrisa, la imagen cotidiana de
Guillermina vista desde la ventana de su casa: “¡Qué buenos recuerdos…!”,
decía, como quien sabe que el tiempo no se repite, pero sí se guarda.
El esfuerzo rindió frutos. A los pocos años,
Antonio abrió una segunda lavandería: Delta, en la avenida Casa del Obrero
Mundial. Mientras él se hacía cargo de este nuevo espacio, Guillermina
continuaba al frente de Blancos Lindavista. El trabajo se multiplicó, pero
también la satisfacción. Habían logrado construir una vida digna, estable,
profundamente suya.
Ambos negocios prosperaron. Fueron más que
fuentes de ingreso: se convirtieron en un bastión, en el punto de partida para
nuevos emprendimientos, en la prueba tangible de que los sueños, cuando se
trabajan con constancia y amor, pueden tomar forma.
Y así, entre números, máquinas, calles arboladas y memorias compartidas, Antonio y Guillermina dejaron sembrada una historia que aún hoy se siente cercana… como esas prendas cuidadosamente dobladas que, al abrirse, conservan intacto el aroma del hogar.
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Imágenes: Arriba: Motoneta al servicio de la lavandería. Aparecen
en la fotografía: Memo y Lulú Barquet, el primo Jaime Rodríguez Ferreyra. Del
álbum fotográfico de la familia. Abajo: Tarjeta de presentación. Del archivo de
recuerdos familiares.
Que hermosos recuerdos, no sabía de esta etapa en la vida de tus padres, bellos recuerdos escritos de una forma llena de amor y magistralmente hechos.
ResponderBorrarFelicidades y gracias por compartirnos estos pedacitos de amor que constituyen tus recuerdos