TODO LO QUE CABE EN UN DÍA
Irma Barquet
Abrir los ojos... despertar del océano profundo del sueño y toparse con la luz del nuevo día, implica un montón de asuntos. Lo primero es configurar el cerebro a la realidad, estirar un poco para desperezar los músculos con un bostezo del cuerpo que reclama su espacio; como cruzar el umbral hacia un nuevo territorio; plantar los pies en tierra firme y al mismo tiempo recordar la manera correcta de incorporarse de la cama —por aquello de evitar un mal movimiento que pueda darle al traste a la condición física—. Entonces, la mente empieza su faena: recuerda lo pendiente, organiza la rutina, reflexiona en lo reflexionable...
El arreglo personal es como el lienzo diario en el que se plasma la identidad ante el mundo. No es solo elegir la ropa que se use o la forma de peinar el cabello, es la arquitectura de la autoestima que comunica quién se es sin necesidad de pronunciar una sola palabra; es todo un ritual de amor propio que se convierte en el primer mensaje no verbal que se emite a las personas con las que se convive habitualmente. En el acicalamiento se descubre, además de la pulcritud y el orden, la seguridad y la confianza que proporciona una autoimagen cuidada, capaz de proyectar una actitud firme, positiva y agradable. Mi madre solía decir: «Como te ven, te tratan...». Y sí, puede ser una buena manera de abrir caminos.
La mañana se convierte en una partitura desconocida en la que cada decisión tomada es una nota musical que mantiene la armonía del ambiente, como un examen de nuestra maestría interna. El reto diario pone a prueba las capacidades en sus más diversas dimensiones porque, aunque se trate de algo que normalmente se realiza, siempre existe la oportunidad de poner en marcha la creatividad, la practicidad, la rapidez, la solución de problemas, el ingenio... En fin, cualquier actividad cotidiana puede transformarse en pequeños ejercicios de capacidades y de habilidades.
El estado de ánimo es el clima al interior de la mente, como un paisaje invisible que imprime colorido a la experiencia, es un ingrediente importante para el día a día. Es, quizá, una de las principales fuentes de energía para rendir en todo lo que se debe hacer y para favorecer la obtención de resultados exitosos o, por lo menos, positivos. A este respecto, Daniel Goleman abunda en el concepto de inteligencia emocional que, en resumidas cuentas, se refiere a la capacidad para reconocer y manejar adecuadamente las propias emociones. Y es que, durante las horas de vigilia, pueden presentarse situaciones muy diversas que despiertan distintas emociones; aprender a gestionarlas representa todo un desafío.
La información que se tiene a la mano, relacionada con los acontecimientos del entorno —desde el más inmediato hasta el más lejano—, proporciona conocimientos indispensables para sortear situaciones personales, laborales y sociales. Es una manera de nutrir la mente con alimentos seleccionados. También permite estar al tanto de aquello que puede representar un riesgo y tomar, en la medida de lo posible, las precauciones necesarias para preservar la integridad física y material y seguir adelante. Mantenerse informado además, proporciona datos útiles para el desempeño del trabajo, sin importar el área de competencia, así como algún tema interesante de conversación.
La comunicación que se mantiene con las diferentes personas con las que se tiene contacto se convierte en un elemento que requiere especial cuidado: la forma, los términos y los medios utilizados pueden hacerla eficiente y clara, y convertirla en una base para alcanzar los objetivos que se persiguen durante el día. Es construir un puente entre dos orillas en donde transitan, con seguridad, las ideas y la expresión de los pensamientos. El interlocutor merece atención, pues se trata de un ser humano, con sentimientos, sensibilidad y conocimientos. En cada intercambio se edifica algo y, de alguna manera, se deja ver un resultado. Si el medio es digital, también es necesario conocer la forma adecuada de interactuar para conseguir lo que se requiere.
Los buenos modales, como dicen los gringos, «the good manners», son el lubricante invisible de la maquinaria social y la coreografía silenciosa que permite a los seres humanos convivir sin chocar, salen a relucir en cualquier momento y en cualquier lugar: la cortesía, la amabilidad, el respeto, la puntualidad, el saludo... hacen brillar el comportamiento y contribuyen a que la convivencia sea más armoniosa. También resultan necesarios al conducir un automóvil o al coincidir con otras personas en el transporte público. Son, de alguna manera, un antídoto contra las situaciones conflictivas. Son gotas de agua fresca que asemejan a una caricia, es la mirada que reconoce la existencia del otro, la sonrisa oportuna como la llave maestra que abre todas las puertas.
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